El secreto de las cámaras

Cuando acabé de comer en casa de mi tía Victoria me dirigí a casa de mi abuela en la calle Real. Dos rulos de piedra clavados en la carretera servían de poyos a ambos lados de la puerta. La puerta, verde y de cuarterones estaba abierta. Antes de entrar, giré la cabeza hacia la solana de la puerta de Doña Emilia que era donde se reunían a esa hora pero no vi a nadie. Cuando entré en el portal llamé:

– Tía, abuela…..

Nadie respondió. Pasé hasta la cocina y tampoco había nadie. Sorprendentemente, la puerta de las escaleras estaba abierta. Subí temeroso los peldaños irregulares de yeso hasta llegar al primer piso. Oí ruidos procedentes de la cámara. Seguí subiendo escalones y asome mis ojos por la barandilla de yeso. Una de mis pesadillas cobraba vida mientras un escalofrío recorrió mi espalda. En medio de la cámara, dos mujeres vueltas de espaldas, vestidas con ropas viejas y oscuras, con pañuelos en la cabeza removían un barreño de barro cual si fuera un aquelarre. Una de ellas, agachada y encorvada añadía un líquido oscuro y espeso a la mezcla. En silencio descendí el camino andado hasta llegar al portal donde me dí de bruces con mi abuela Julia.

– Abuela, en la cámara esta la Oscurina y otra bruja haciendo una poción.

Mi abuela, dejando escapar una sonrisa, se paso el reverso de la mano por la boca y me dijo:

– Amante, son la Tía Nazaria y la Tía Expecta que están haciendo jabón.

Efectivamente eran ellas. Pero siempre he sentido cierto reparo al subir al la cámara por si aparecía la Oscurina o los escobones de baladre colgados eran para que saliera volando por el ventanuco de la cámara,

Mariano Rivera